La madrugada del 27 al 28 de agosto de 2026 dejó en los cielos de buena parte del planeta uno de los acontecimientos astronómicos más llamativos del año: un eclipse lunar parcial profundo en el que la Luna atravesó la sombra de la Tierra y llegó a quedar cubierta por la umbra terrestre en aproximadamente un 96,3 % de su disco.
Aunque técnicamente no se trató de un eclipse lunar total, la profundidad alcanzada hizo que el fenómeno se acercara extraordinariamente a la totalidad. Durante el máximo, únicamente una pequeña porción del disco lunar permaneció fuera de la umbra y continuó recibiendo directamente la luz solar.
El eclipse fue visible desde amplias regiones de América, Europa y África, y pudo observarse sin necesidad de instrumentos especiales. Para los aficionados a la astronomía y la astrofotografía, además, representó una magnífica oportunidad para contemplar y fotografiar cómo la sombra de nuestro propio planeta avanzaba lentamente sobre la superficie lunar.
Una Luna que casi quedó completamente eclipsada
El fenómeno comenzó cuando la Luna llena empezó a penetrar en la sombra terrestre. Primero atravesó la penumbra, una zona en la que la Tierra bloquea solamente una parte de la luz solar. Esta primera etapa resultó mucho menos evidente visualmente, ya que el oscurecimiento fue muy sutil.
La situación cambió cuando el disco lunar comenzó a entrar en la umbra, la región central de la sombra terrestre. La fase parcial comenzó aproximadamente a las 02:34 UTC del 28 de agosto y alcanzó su máximo a las 04:13 UTC. En ese instante, el 96,3 % de la superficie aparente del disco lunar se encontraba dentro de la umbra.
La cifra resulta especialmente interesante porque puede provocar cierta confusión. En ocasiones se habló de un eclipse del 93 %, mientras que NASA indicó un 96,3 %. Ambas cifras responden a formas diferentes de medir la profundidad del eclipse.
La magnitud del eclipse mide cuánto del diámetro lunar quedó introducido en la umbra, mientras que el 96,3 % corresponde a la superficie del disco lunar que quedó dentro de la sombra. Por ello, ambas cifras no son contradictorias. El resultado visual fue una Luna prácticamente sumergida en la sombra terrestre.
¿Por qué la Luna se volvió rojiza?
Uno de los aspectos más espectaculares del eclipse fue la transformación del color lunar. A medida que la sombra cubrió la mayor parte del disco, la región eclipsada adquirió tonalidades rojizas, anaranjadas y cobrizas. Este fenómeno se produjo por la interacción de la luz solar con la atmósfera terrestre.
La Tierra bloqueó directamente la luz solar que llegaba a la Luna, pero nuestra atmósfera permitió que una pequeña parte de esa luz alcanzara indirectamente la superficie lunar.
La atmósfera dispersó con mayor facilidad las longitudes de onda azules, mientras que las longitudes de onda rojizas atravesaron con mayor facilidad el aire y fueron refractadas hacia el interior de la sombra. En otras palabras, la Luna eclipsada recibió una pequeña cantidad de la luz solar que había atravesado la atmósfera terrestre.
Por eso, durante un eclipse lunar, nuestro planeta actúa como una gigantesca lente y filtro atmosférico. El fenómeno guarda una relación directa con los colores de los amaneceres y atardeceres. La misma atmósfera que produce esos tonos rojizos en nuestro cielo fue responsable de iluminar débilmente la superficie lunar durante el eclipse.
La Tierra proyectó su sombra sobre la Luna
El eclipse fue también una demostración espectacular de la geometría del Sistema Solar. Durante una luna llena, la Tierra se encuentra aproximadamente entre el Sol y la Luna. Sin embargo, esto no significa que se produzca un eclipse todos los meses.
La órbita de la Luna está inclinada unos 5 grados respecto al plano de la órbita terrestre alrededor del Sol. Como consecuencia, durante la mayoría de las lunas llenas nuestro satélite pasa por encima o por debajo de la sombra terrestre. Para producirse un eclipse lunar, el Sol, la Tierra y la Luna deben encontrarse suficientemente alineados.
En agosto de 2026 se produjo esa configuración orbital y la Luna atravesó la sombra de nuestro planeta. El resultado pudo observarse desde millones de kilómetros de distancia como una enorme sombra circular que avanzaba lentamente sobre el disco lunar.
El eclipse visto desde España
En España, el eclipse tuvo una característica muy particular: se produjo durante la madrugada y el máximo coincidió con una Luna bastante baja sobre el horizonte.
La fase penumbral comenzó aproximadamente a las 03:23 horas, mientras que la fase parcial comenzó alrededor de las 04:33 horas, en horario peninsular. El máximo se produjo aproximadamente a las 06:12 horas. Esta circunstancia hizo que la observación desde España dependiera mucho de la ubicación del observador.
En las regiones occidentales de la Península las condiciones fueron más favorables porque la Luna permaneció sobre el horizonte durante una mayor parte del fenómeno. En cambio, en zonas del este peninsular y en algunas islas, la Luna se ocultó antes de que terminara la fase parcial. Durante el máximo, el satélite se encontraba muy bajo hacia el oeste-suroeste, por lo que disponer de un horizonte despejado resultó fundamental.
En ciudades y zonas con edificios, árboles o montañas hacia el oeste, la observación pudo verse seriamente condicionada. A pesar de estas dificultades, el eclipse fue visible desde prácticamente todo el territorio español, aunque no todas las regiones pudieron contemplar exactamente las mismas fases.
Una observación completamente segura
A diferencia de un eclipse solar, el eclipse lunar pudo observarse directamente sin ningún tipo de protección ocular especial.
La Luna no produce una cantidad de luz peligrosa para nuestros ojos y, durante el eclipse, su brillo incluso disminuyó considerablemente. Por ello, los observadores pudieron disfrutar del espectáculo a simple vista, aunque unos prismáticos o un pequeño telescopio permitieron apreciar mucho mejor la evolución de la sombra.
Con un telescopio fue especialmente interesante observar el límite entre la zona iluminada y la zona eclipsada. Los cráteres y mares lunares fueron desapareciendo progresivamente en la oscuridad hasta quedar inmersos en la característica iluminación rojiza de la umbra.
Un reto para los astrofotógrafos
El eclipse también ofreció excelentes posibilidades para la fotografía astronómica. Fotografiar una Luna llena es relativamente sencillo porque su superficie está intensamente iluminada. Sin embargo, durante un eclipse profundo el escenario cambia completamente. La parte iluminada directamente por el Sol permaneció mucho más brillante que la zona sumergida en la umbra.
Esto obligó a utilizar diferentes tiempos de exposición para registrar correctamente las distintas zonas. Precisamente por ello, el eclipse fue especialmente interesante para realizar secuencias fotográficas.
Tomando imágenes cada pocos minutos fue posible reconstruir posteriormente toda la evolución del fenómeno: desde la primera entrada de la Luna en la umbra hasta el máximo y la posterior salida.
También resultó interesante incluir elementos terrestres en el encuadre, especialmente durante el máximo, cuando la Luna se encontraba relativamente próxima al horizonte. Edificios, montañas, árboles o monumentos podían convertirse en elementos compositivos capaces de mostrar la escala del acontecimiento.
La importancia de la atmósfera terrestre
El color que adquirió la Luna durante el eclipse no fue idéntico para todos los observadores. La tonalidad final dependió de las condiciones de la atmósfera terrestre.La presencia de polvo, aerosoles, humo, partículas volcánicas y otros elementos atmosféricos pudo modificar la cantidad de luz roja que alcanzó la superficie lunar.
Por esta razón, algunos eclipses lunares presentan un color rojo intenso, mientras que otros adquieren tonalidades más oscuras, marrones o incluso grisáceas.
La observación de estos cambios proporciona, además, información interesante sobre las condiciones de la atmósfera terrestre. La Luna actuó durante unas horas como una especie de pantalla natural sobre la que pudimos observar indirectamente las características ópticas de nuestra propia atmósfera.
Un eclipse perteneciente al ciclo de Saros
El eclipse del 28 de agosto de 2026 no fue un acontecimiento aislado. Formó parte de la serie Saros 138, un ciclo que agrupa eclipses con geometrías orbitales similares. Los eclipses pertenecientes a una misma serie se producen aproximadamente cada 18 años, 11 días y 8 horas, desplazándose progresivamente por diferentes regiones de la Tierra.
El eclipse anterior de esta misma serie tuvo lugar el 16 de agosto de 2008, mientras que el siguiente se producirá el 7 de septiembre de 2044.
Este ciclo constituye uno de los ejemplos más fascinantes de la regularidad de la mecánica celeste. Gracias a las leyes orbitales y a los cálculos astronómicos modernos es posible predecir estos acontecimientos con enorme precisión con décadas e incluso siglos de antelación.
¿Por qué fue un eclipse tan especial?
La particularidad principal del eclipse de agosto de 2026 estuvo en su profundidad. No fue total, pero estuvo muy cerca de serlo. Cuando observamos un eclipse parcial convencional, una parte considerable de la Luna permanece iluminada y el contraste entre la zona oscura y la zona brillante es muy evidente. En esta ocasión, sin embargo, casi todo el disco quedó sumergido en la umbra.
NASA calculó que el 96,3 % del disco lunar quedó dentro de la sombra central de la Tierra. Solo una pequeña región continuó recibiendo luz solar directa. Esto produjo una imagen particularmente llamativa: una pequeña franja brillante contrastando con una enorme superficie lunar teñida de rojo cobrizo.
Un mes extraordinario para la astronomía
El eclipse lunar de agosto llegó, además, después de otro acontecimiento excepcional. El 12 de agosto de 2026, apenas unas semanas antes, se había producido un eclipse total de Sol, visible desde diferentes regiones y especialmente destacado en España.
De esta manera, agosto de 2026 concentró dos de los fenómenos más espectaculares que pueden contemplarse desde nuestro planeta: primero, la desaparición aparente del Sol detrás de la Luna; y posteriormente, la entrada de la Luna en la sombra de la Tierra.
El contraste entre ambos acontecimientos permitió experimentar las dos caras de la geometría de los eclipses. En el eclipse solar, la Luna proyectó su sombra sobre la Tierra. En el eclipse lunar, fue la Tierra la que proyectó su sombra sobre la Luna.
La sombra de nuestro planeta como protagonista
El eclipse lunar del 27 al 28 de agosto de 2026 ya forma parte de la historia astronómica de este año. Durante unas horas, millones de personas pudieron contemplar cómo la Luna llena iba perdiendo progresivamente su brillo hasta adquirir una apariencia oscura y rojiza.
Aunque no llegó a producirse una totalidad estricta, el hecho de que aproximadamente el 96,3 % de su disco quedara dentro de la umbra hizo que la experiencia visual se aproximara extraordinariamente a la de una Luna completamente eclipsada.
El fenómeno recordó una vez más que los eclipses no son simplemente espectáculos celestes. Son consecuencias directas de la extraordinaria precisión de los movimientos orbitales de la Tierra y la Luna.
Durante aquella madrugada, la sombra de nuestro planeta recorrió la superficie lunar a cientos de miles de kilómetros de distancia, mientras la atmósfera terrestre filtraba la luz solar y teñía de rojo la parte eclipsada y quizá ahí residió la verdadera belleza del acontecimiento: durante unas horas pudimos contemplar la Tierra desde la Luna sin necesidad de viajar al espacio. La Luna nos mostró, proyectada sobre su superficie, la sombra de nuestro propio planeta.

Esta astrofotografia ha sido realizada y compartida por nuestro compañero y astrofotografo @daily_astrophotography el cual podeis encontrar en redes sociales como: TikTok.


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